Durante décadas, el impacto económico del cambio climático se ha calculado principalmente a partir de lo que ocurre en tierra firme. Sin embargo, una nueva investigación publicada en Nature Climate Change demuestra que esa mirada es incompleta. Cuando se incorporan los efectos del calentamiento global sobre los océanos —desde la degradación de los arrecifes hasta las pérdidas pesqueras y los daños en infraestructuras costeras—, el costo real casi se duplica.
El estudio introduce un ajuste clave en el llamado coste social del carbono, un indicador que estima cuánto pierde la sociedad por cada tonelada de dióxido de carbono emitida a la atmósfera. Este valor es utilizado por gobiernos y empresas para evaluar políticas climáticas y decidir si conviene invertir en la reducción de emisiones.
Qué es el coste social del carbono y por qué cambia
Hasta ahora, el coste social del carbono se calculaba en torno a los 43 euros por tonelada de CO₂, considerando impactos como pérdidas agrícolas, daños a la salud humana o afectaciones a infraestructuras terrestres. La novedad del estudio es que añade una dimensión históricamente subestimada: el océano.
Al incorporar los daños marinos, el costo aumenta en unos 40 euros adicionales por tonelada, lo que eleva la cifra total a 83 euros, es decir, casi el doble de lo que se estimaba previamente. En términos porcentuales, supone un incremento superior al 90 %.
Según datos del informe Global Carbon Budget, en 2024 las emisiones globales alcanzaron aproximadamente 41.600 millones de toneladas de CO₂. Bajo este nuevo enfoque, solo los perjuicios vinculados al océano representarían alrededor de 1.700 millones de euros anuales.
El océano también paga la factura climática
La investigación fue liderada por Bernardo Bastien-Olvera, durante su etapa como investigador posdoctoral en el Instituto Scripps de Oceanografía, y es la primera en cuantificar de forma sistemática los daños económicos que el cambio climático provoca en los mares.
Entre los impactos considerados destacan el deterioro de los arrecifes de coral, la disminución de la actividad pesquera, las afectaciones al comercio marítimo y los daños crecientes en puertos y zonas costeras, cada vez más expuestos a tormentas intensas, inundaciones y al aumento del nivel del mar.
El dióxido de carbono emitido por la actividad humana no solo eleva la temperatura del aire. También calienta los océanos, altera su composición química, reduce su capacidad de retener oxígeno y favorece fenómenos meteorológicos extremos. A esto se suma la degradación de ecosistemas marinos que sostienen economías locales y garantizan el alimento de millones de personas.
Daños visibles y otros que no se ven
Para estimar el impacto económico total, los investigadores distinguieron entre daños fácilmente monetizables —como las pérdidas en la pesca o el transporte marítimo— y otros más difíciles de traducir en cifras, pero igualmente relevantes.
Uno de ellos es el deterioro del valor nutricional del pescado. El calentamiento del océano puede reducir la concentración de nutrientes esenciales en algunas especies marinas, como calcio, proteínas, hierro y ácidos grasos omega 3. En regiones donde el pescado es una fuente básica de alimentación, esta pérdida puede incrementar riesgos de enfermedades e incluso de mortalidad.
El estudio también incorpora el llamado valor de existencia, un concepto que reconoce el beneficio social de saber que los ecosistemas marinos existen y se conservan, aunque no se utilicen de manera directa. Preservar un arrecife, un manglar o una biodiversidad marina tiene un valor que va más allá del mercado.
El “coste social azul”
Para la economista climática Kate Ricke, este tipo de análisis resulta clave para comprender las decisiones colectivas: proteger el medio ambiente puede implicar inversiones elevadas en el corto plazo, pero ignorar los daños genera pérdidas mucho mayores a largo plazo.
A esta ampliación del cálculo se la denomina coste social azul, ya que integra los impactos específicos del cambio climático sobre los océanos. El estudio advierte, además, que estos efectos no se distribuirán de manera equitativa: islas y economías pequeñas, altamente dependientes del mar para su alimentación y sustento, podrían ser las más perjudicadas.
Poner cifras a los daños no resuelve la crisis climática, pero sí la vuelve más tangible. Y aquello que se puede medir, resulta mucho más difícil de ignorar.
