Durante el Foro Económico Mundial de Davos, el presidente Donald Trump anunció un giro relevante en la política extractiva de Estados Unidos: acelerar la autorización de proyectos de minería submarina en aguas internacionales. La decisión marca un punto de inflexión en la forma en que el país busca asegurar el acceso a minerales estratégicos.
La medida quedó formalizada a través de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), que ahora concentrará los procesos de licenciamiento en una sola evaluación más rápida. El objetivo es claro: reducir tiempos burocráticos y disminuir la dependencia de China, que actualmente domina gran parte del mercado global de metales críticos utilizados en vehículos eléctricos, baterías y tecnología avanzada.
El Pacífico como nuevo foco de interés
Las empresas mineras dirigen su atención a amplias zonas del océano Pacífico, donde se concentran los llamados nódulos polimetálicos. Estas formaciones, del tamaño de una papa, contienen altas concentraciones de níquel, cobre, manganeso y cobalto, elementos clave para la transición energética.
Estos recursos se encuentran a miles de metros de profundidad y fuera de las jurisdicciones nacionales, lo que convierte su explotación en un desafío legal y político. La situación se vuelve aún más compleja debido a que Estados Unidos no ha ratificado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR).
Mientras la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA) intenta establecer reglas globales sin lograr consensos sólidos, el gobierno estadounidense decidió avanzar de forma unilateral, amparándose en la Ley de Recursos de Minerales Duros de los Fondos Marinos de 1980.
Qué cambia con el nuevo decreto
El plan impulsado por Trump incluye varios puntos clave. Por un lado, se simplifican los trámites administrativos mediante la unificación de criterios, lo que reduce los plazos de espera para las empresas interesadas.
Además, se establece un proceso específico para la Plataforma Continental Exterior, es decir, las zonas marítimas bajo jurisdicción directa de Estados Unidos, que se extienden hasta 200 millas náuticas.
Este marco ya está siendo aprovechado por compañías privadas. Un ejemplo es The Metals Company, de origen canadiense, que inició trámites para operar bajo estas nuevas reglas, sentando un precedente para futuras explotaciones.
Promesas económicas y alertas científicas
Quienes defienden la minería submarina argumentan que podría ser una alternativa menos dañina que la minería terrestre, la cual suele generar deforestación, contaminación visible y conflictos sociales. Desde esta perspectiva, extraer minerales del fondo marino permitiría satisfacer la demanda tecnológica con menores costos sociales.
Sin embargo, la comunidad científica y organizaciones ambientales advierten que los riesgos son profundos y potencialmente irreversibles. Se estima que cerca del 90% de las especies que habitan las profundidades marinas aún no han sido identificadas. La remoción del fondo oceánico podría provocar extinciones masivas antes siquiera de conocer estos ecosistemas.
Otro punto crítico es la alteración de la columna de agua. Las nubes de sedimentos generadas por la extracción pueden asfixiar organismos filtradores, bloquear la luz y alterar procesos biológicos esenciales. A esto se suman el ruido y la iluminación artificial, que afectan a ballenas, tiburones y otras especies sensibles.
Desde el punto de vista climático, el fondo marino funciona como un enorme sumidero de carbono. Su perturbación podría liberar grandes cantidades de CO₂, intensificando el calentamiento global. Además, existe preocupación por los impactos indirectos en las pesquerías y la seguridad alimentaria de comunidades costeras.
El fondo del mar como escenario geopolítico
Con esta estrategia, Trump no solo acelera la explotación de recursos, sino que abre un nuevo frente en la disputa comercial y tecnológica con China. El lecho marino se convierte así en un tablero estratégico donde chocan intereses económicos, ambiciones geopolíticas y la protección ambiental.
La minería submarina internacional, aún en debate dentro de la ISA, enfrenta una tensión creciente entre la urgencia de obtener minerales críticos y la necesidad de preservar uno de los ecosistemas menos explorados del planeta.
La decisión de Estados Unidos reaviva una pregunta central: ¿es posible explotar el fondo del océano sin comprometer la biodiversidad y el equilibrio climático? Mientras avanza la competencia global por los recursos, científicos advierten que el costo ambiental podría ser irreversible si no se establecen límites claros.




