La transformación del transporte en España ya es un hecho. La expansión de la alta velocidad ferroviaria, junto con la apertura del mercado y la competencia por tarifas más accesibles, está desplazando de forma contundente al avión en varias de las rutas más transitadas del país. Hoy, más de ocho de cada diez pasajeros eligen el tren, una decisión que no solo cambia hábitos de viaje, sino que también tiene un impacto ambiental significativo.
Según datos de Renfe, en siete grandes corredores nacionales el ferrocarril se consolidó como la opción dominante, generando un ahorro anual de más de 512.000 toneladas de CO₂. Esta reducción equivale a retirar de circulación unos 250.000 coches de combustión durante un año completo, una cifra comparable al parque automotor de una ciudad como Murcia.
Más viajeros, menos emisiones
El crecimiento del número de pasajeros en alta velocidad ha sido constante en los últimos tres años. Entre septiembre y agosto de los períodos analizados, la ruta Madrid–Barcelona pasó de 7,5 a 8,9 millones de usuarios; Madrid–Valencia, de 4,4 a 5,3 millones; y Madrid–Málaga, de 2,1 a 3,5 millones. Estas cifras incluyen a todos los operadores que hoy compiten en la red, como Ouigo e Iryo.
Este cambio de preferencia responde, en gran parte, a la reducción de los tiempos de viaje. Cuando el trayecto Madrid–Barcelona superaba las siete horas, solo una minoría optaba por el tren. Hoy, con recorridos por debajo de las tres horas, más del 80 % de los viajeros elige el ferrocarril.
Desde Renfe explican que la liberalización del sector fue clave: aumentó la oferta, bajaron los precios y se amplió el número de servicios, incluso superando los niveles previos a la pandemia. Además, la empresa pública sigue liderando el volumen total de pasajeros y mantiene presencia en todo el territorio.
¿De dónde vienen los nuevos pasajeros del tren?
Para estimar el impacto ambiental, Renfe utiliza criterios de la Unión Internacional de Ferrocarriles. Según este enfoque, la mitad de los usuarios de alta velocidad proviene del avión, un 20 % del automóvil y el resto corresponde a viajes que antes no se realizaban, impulsados por la mayor rapidez y conveniencia del tren.
Como el avión y el coche generan más emisiones, el trasvase hacia el ferrocarril —alimentado con electricidad de origen 100 % renovable— se traduce en una reducción directa de gases de efecto invernadero. Solo en el período 2024–2025, la ruta Madrid–Barcelona evitó cerca de 186.000 toneladas de CO₂; Madrid–Sevilla, más de 76.000; y Madrid–Málaga, unas 72.000. Sumando otros corredores como Galicia, Alicante, Asturias y Valencia, el ahorro total supera el medio millón de toneladas.
Por qué el tren resulta más atractivo
Más allá del factor ambiental, la elección del tren responde a razones prácticas. Las estaciones suelen estar en el centro de las ciudades, los controles son más ágiles y el tiempo total de desplazamiento resulta más previsible que en el transporte aéreo.
Especialistas en movilidad señalan también factores psicológicos: una parte de la población experimenta ansiedad antes de volar, algo que no ocurre con el tren. Esta percepción, sumada a la comodidad del viaje, inclina la balanza incluso cuando la diferencia de tiempo es mínima.
Desde organizaciones ambientales destacan que el ferrocarril es hasta ocho veces menos contaminante que el avión. Un vuelo de unos 600 kilómetros puede generar alrededor de 165 kilos de CO₂ por pasajero, una huella que se reduce drásticamente cuando ese trayecto se realiza por tren.
El desafío del precio y las reglas del juego
Aunque la mayoría de las personas reconoce que el tren es la opción más sostenible, el precio sigue siendo un factor decisivo. En algunos casos, el avión continúa siendo más barato, en parte porque no asume plenamente los costos ambientales que genera. A diferencia de otros medios, el transporte aéreo no paga impuestos al combustible ni enfrenta tasas específicas por emisiones, lo que distorsiona la competencia.
Expertos coinciden en que, si esos costos se internalizaran, la ventaja del tren sería aún mayor.
Un modelo con potencial de crecimiento
El avance de la alta velocidad demuestra que es posible reducir emisiones sin limitar la movilidad. A medida que el tren llega a nuevos corredores y ofrece tiempos competitivos, la demanda se vuelca de forma masiva hacia el ferrocarril, con cuotas de mercado que alcanzan el 80 % y hasta el 90 %.
Además de disminuir los gases de efecto invernadero, este cambio reduce la congestión vial, los accidentes y otros impactos ambientales asociados al transporte por carretera y aéreo. El mensaje es claro: cuando el tren es rápido, accesible y eficiente, la ciudadanía lo elige.