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miércoles, 4 de febrero de 2026

  • febrero 04, 2026


Una investigación realizada en la península de Yucatán, uno de los principales destinos del mundo para la observación del tiburón ballena, analizó los efectos del turismo sobre esta especie utilizando drones. El estudio señala que uno de los principales problemas es el incumplimiento de los protocolos por parte de operadores turísticos y visitantes, los cuales establecen límites claros sobre la distancia, el número de personas y la prohibición de tocar a los animales.

De acuerdo con los investigadores, la presencia simultánea de numerosas embarcaciones y nadadores genera alteraciones en el comportamiento del tiburón ballena. En lugar de alimentarse en la superficie, los animales suelen sumergirse para alejarse del disturbio, lo que interrumpe su ciclo de alimentación. Además, se han documentado lesiones provocadas por choques con embarcaciones, una de las amenazas más graves asociadas a esta actividad turística.

La preocupación por estos impactos surgió en 2013, cuando el biólogo marino Lucas Griffin participó en su primera excursión de avistamiento en Yucatán. Durante el recorrido observó un escenario caótico, con numerosos barcos circulando sobre los tiburones y turistas lanzándose al agua sin lineamientos claros sobre cómo interactuar con ellos. Esa experiencia lo llevó a investigar de manera sistemática los efectos del turismo sobre esta especie.

A partir de ello, Griffin y su equipo comenzaron a utilizar drones para estudiar las agregaciones de tiburón ballena —agrupaciones temporales que se forman durante la alimentación— y evaluar la forma en que interactúan con turistas y operadores. Las imágenes aéreas permitieron identificar infracciones recurrentes, como la falta de respeto a la distancia mínima, el hacinamiento de nadadores y la concentración excesiva de embarcaciones alrededor de un solo animal.

Los resultados del estudio, publicados en el Journal of Sustainable Tourism, muestran que el turismo de observación en México ha crecido de forma acelerada desde inicios del siglo XXI. De unas pocas embarcaciones al inicio, se pasó a más de 200 barcos con permisos, cada uno con capacidad para transportar hasta diez personas. Mientras que en 2003 se registraban alrededor de 3 000 turistas por temporada, para 2017 y 2018 la cifra superó los 100 000 visitantes.

Este crecimiento, señalan los especialistas, ha rebasado la capacidad de las autoridades para vigilar el cumplimiento de las normas. Cuando hay muchos turistas y pocos tiburones, los animales tienden a sumergirse y abandonar la zona, lo que reduce sus oportunidades de alimentarse. Los investigadores advierten que estas interrupciones constantes pueden afectar su metabolismo, su fisiología y, a largo plazo, su permanencia en estas áreas.

El análisis también reveló que el incumplimiento de las reglas aumenta cuando se incrementa el número de embarcaciones, nadadores y tiburones presentes, incluso cuando no se alcanza el límite máximo permitido de barcos. Esto demuestra que los topes por sí solos no bastan y que se requieren medidas de monitoreo más estrictas, mayor educación ambiental y una vigilancia efectiva en el mar.

Los científicos alertan que, si la presión turística continúa, los tiburones ballena podrían dejar de aparecer en estas zonas. El gasto energético que implica evitar a las embarcaciones, cambiar de dirección o bucear con mayor frecuencia puede superar la energía que obtienen al alimentarse. Por ello, subrayan la urgencia de reforzar el cumplimiento de las normas para garantizar la protección de esta especie y la sostenibilidad del turismo de avistamiento.

  • febrero 04, 2026


Durante décadas, el Río Colorado dejó de llegar al mar debido a presas, desvíos y acuerdos binacionales que priorizaron el uso humano del agua. Lo que alguna vez fue un delta lleno de vida terminó convertido en desierto, afectando gravemente al ecosistema y al pueblo indígena cucapá, para quienes el río era alimento, cultura e identidad.

A partir de los años 2000, México y Estados Unidos comenzaron a destinar pequeños volúmenes de agua al medio ambiente. Contra todo pronóstico, el delta respondió: con poca agua, la vegetación regresó y la fauna volvió a aparecer. Esto dio paso a acuerdos históricos —como las Actas 319 y 323— y al surgimiento de la Alianza Revive el Río Colorado, que impulsa la restauración ecológica del delta.

Hasta ahora, se han recuperado más de 500 hectáreas, plantado un millón de árboles nativos y registrado el regreso de cientos de especies. La clave ha sido la colaboración entre gobiernos, científicos, organizaciones civiles y comunidades locales, especialmente el pueblo cucapá.

Uno de los proyectos más recientes incorpora la apicultura como herramienta de restauración. Las abejas ayudan a polinizar la vegetación nativa y, al mismo tiempo, generan una actividad productiva para la comunidad. Para los cucapá, la miel no solo tiene valor económico, sino también cultural y medicinal.

Más allá de recuperar un río, el proyecto busca reconectar a las personas con la naturaleza, restaurar ecosistemas y mantener viva la memoria y el conocimiento ancestral. El objetivo no es volver al pasado, sino construir un futuro donde el agua, la vida y las comunidades puedan coexistir nuevamente en el delta del Río Colorado.

  • febrero 04, 2026


Durante décadas, el impacto económico del cambio climático se ha calculado principalmente a partir de lo que ocurre en tierra firme. Sin embargo, una nueva investigación publicada en Nature Climate Change demuestra que esa mirada es incompleta. Cuando se incorporan los efectos del calentamiento global sobre los océanos —desde la degradación de los arrecifes hasta las pérdidas pesqueras y los daños en infraestructuras costeras—, el costo real casi se duplica.

El estudio introduce un ajuste clave en el llamado coste social del carbono, un indicador que estima cuánto pierde la sociedad por cada tonelada de dióxido de carbono emitida a la atmósfera. Este valor es utilizado por gobiernos y empresas para evaluar políticas climáticas y decidir si conviene invertir en la reducción de emisiones.

Qué es el coste social del carbono y por qué cambia

Hasta ahora, el coste social del carbono se calculaba en torno a los 43 euros por tonelada de CO₂, considerando impactos como pérdidas agrícolas, daños a la salud humana o afectaciones a infraestructuras terrestres. La novedad del estudio es que añade una dimensión históricamente subestimada: el océano.

Al incorporar los daños marinos, el costo aumenta en unos 40 euros adicionales por tonelada, lo que eleva la cifra total a 83 euros, es decir, casi el doble de lo que se estimaba previamente. En términos porcentuales, supone un incremento superior al 90 %.

Según datos del informe Global Carbon Budget, en 2024 las emisiones globales alcanzaron aproximadamente 41.600 millones de toneladas de CO₂. Bajo este nuevo enfoque, solo los perjuicios vinculados al océano representarían alrededor de 1.700 millones de euros anuales.

El océano también paga la factura climática

La investigación fue liderada por Bernardo Bastien-Olvera, durante su etapa como investigador posdoctoral en el Instituto Scripps de Oceanografía, y es la primera en cuantificar de forma sistemática los daños económicos que el cambio climático provoca en los mares.

Entre los impactos considerados destacan el deterioro de los arrecifes de coral, la disminución de la actividad pesquera, las afectaciones al comercio marítimo y los daños crecientes en puertos y zonas costeras, cada vez más expuestos a tormentas intensas, inundaciones y al aumento del nivel del mar.

El dióxido de carbono emitido por la actividad humana no solo eleva la temperatura del aire. También calienta los océanos, altera su composición química, reduce su capacidad de retener oxígeno y favorece fenómenos meteorológicos extremos. A esto se suma la degradación de ecosistemas marinos que sostienen economías locales y garantizan el alimento de millones de personas.

Daños visibles y otros que no se ven

Para estimar el impacto económico total, los investigadores distinguieron entre daños fácilmente monetizables —como las pérdidas en la pesca o el transporte marítimo— y otros más difíciles de traducir en cifras, pero igualmente relevantes.

Uno de ellos es el deterioro del valor nutricional del pescado. El calentamiento del océano puede reducir la concentración de nutrientes esenciales en algunas especies marinas, como calcio, proteínas, hierro y ácidos grasos omega 3. En regiones donde el pescado es una fuente básica de alimentación, esta pérdida puede incrementar riesgos de enfermedades e incluso de mortalidad.

El estudio también incorpora el llamado valor de existencia, un concepto que reconoce el beneficio social de saber que los ecosistemas marinos existen y se conservan, aunque no se utilicen de manera directa. Preservar un arrecife, un manglar o una biodiversidad marina tiene un valor que va más allá del mercado.

El “coste social azul”

Para la economista climática Kate Ricke, este tipo de análisis resulta clave para comprender las decisiones colectivas: proteger el medio ambiente puede implicar inversiones elevadas en el corto plazo, pero ignorar los daños genera pérdidas mucho mayores a largo plazo.

A esta ampliación del cálculo se la denomina coste social azul, ya que integra los impactos específicos del cambio climático sobre los océanos. El estudio advierte, además, que estos efectos no se distribuirán de manera equitativa: islas y economías pequeñas, altamente dependientes del mar para su alimentación y sustento, podrían ser las más perjudicadas.

Poner cifras a los daños no resuelve la crisis climática, pero sí la vuelve más tangible. Y aquello que se puede medir, resulta mucho más difícil de ignorar.

  • febrero 04, 2026

En el extremo sureste de Groenlandia, los osos polares sobreviven en un paisaje que rompe con la imagen clásica del Ártico. En lugar de vastas extensiones de hielo marino continuo, este territorio está marcado por montañas escarpadas, fiordos profundos y un clima más inestable. Para la ciencia, esta región se ha convertido en un laboratorio natural: un anticipo de las condiciones que podrían dominar gran parte del Ártico en las próximas décadas debido al calentamiento global.

A diferencia del noreste de Groenlandia —donde las temperaturas son más bajas y constantes—, el sureste experimenta un clima más cálido y variable. Esta diferencia tiene consecuencias directas sobre la disponibilidad de hielo, la caza de presas y la supervivencia cotidiana de los osos polares. Además, la población del sureste ha permanecido relativamente aislada durante cientos de años, separada por corrientes oceánicas persistentes, lo que la convierte en un grupo especialmente valioso para analizar cómo el entorno influye en la biología de la especie.

Qué analizó el estudio científico

La investigación, publicada en la revista Nature Communications, comparó ejemplares del noreste y del sureste de Groenlandia utilizando datos climáticos históricos del Instituto Meteorológico Danés, que confirman que el sureste presenta temperaturas más altas y una mayor variabilidad climática.

A diferencia de muchos estudios genéticos centrados en el ADN heredado, este trabajo puso el foco en la actividad genética actual. Es decir, no analizó solo qué genes tienen los osos, sino cuáles están activos o inactivos en este momento. Para ello, los investigadores examinaron muestras de sangre, lo que permitió observar cómo el organismo responde de forma inmediata a las condiciones ambientales que enfrenta.

Los “genes saltarines” y el estrés ambiental

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio fue la actividad de los llamados elementos transponibles, fragmentos de ADN capaces de desplazarse dentro del genoma e influir en la regulación de otros genes. En los osos polares, estos elementos representan más de un tercio del material genético.

En condiciones normales, su actividad está controlada. Sin embargo, factores de estrés ambiental —como el calor, la escasez de alimento o los cambios rápidos del entorno— pueden alterar ese equilibrio.

Al analizar la sangre de 17 osos adultos de ambas regiones, los científicos detectaron diferencias claras:

  • Los osos del sureste mostraron una mayor activación de elementos transponibles, con alrededor de 1.500 fragmentos comportándose de manera distinta respecto a los del noreste.

  • La mayoría pertenecía a la familia LINE, común en mamíferos.

  • Muchos de estos elementos eran genéticamente “jóvenes”, lo que sugiere una activación reciente y funcional, no simples restos del pasado evolutivo.

  • La actividad se concentraba en zonas específicas del genoma, lo que apunta a una respuesta biológica organizada frente al entorno más cálido.

Cambios en otros genes clave

El estudio también identificó variaciones en otros grupos de genes relevantes para la supervivencia:

  • Genes de respuesta al estrés térmico, que ayudan a las células a seguir funcionando bajo condiciones adversas.

  • Genes relacionados con el metabolismo y el envejecimiento, lo que sugiere un mayor desgaste fisiológico.

  • Genes vinculados al sistema inmunitario, indicando que el estrés ambiental podría estar influyendo en las defensas del organismo.

En varios casos, estos cambios coincidían con regiones del genoma donde los elementos transponibles estaban activos, lo que refuerza la hipótesis de interacciones complejas entre clima, estrés y regulación genética.

Lo que el estudio no afirma

Los autores subrayan que estos resultados no significan que los osos polares estén evolucionando genéticamente para adaptarse al calentamiento global. El análisis se basa en tejido somático (sangre) y refleja respuestas inmediatas del organismo, no modificaciones heredables.

Además, el tamaño de la muestra es limitado, lo que impide extraer conclusiones definitivas sobre toda la población. Aun así, los patrones observados son consistentes y ofrecen una señal temprana de cómo el cambio climático está influyendo en la biología interna de la especie.

Una advertencia desde el ADN

Los osos polares del sureste de Groenlandia muestran que el impacto del calentamiento del Ártico va más allá de la pérdida de hielo y la dificultad para cazar. El estrés climático también está dejando huellas a nivel molecular, alterando la actividad genética de estos animales.

No se trata aún de evolución, pero sí de una advertencia clara: el cambio climático está reconfigurando la biología de una de las especies más emblemáticas del planeta. Lo que hoy ocurre en este rincón de Groenlandia podría anticipar el futuro de los osos polares en todo el Ártico.

  • febrero 04, 2026



Caminar por la ciudad podría dejar de ser un simple desplazamiento y convertirse en una forma cotidiana de generar energía. Esa es la premisa detrás de una innovación desarrollada por la empresa británica Pavegen, que diseñó baldosas capaces de transformar cada paso humano en electricidad reutilizable para el entorno urbano.

La tecnología propone un modelo distinto de aprovechamiento energético en espacios públicos: calles, estaciones de transporte, aeropuertos o centros comerciales, donde el tránsito constante de personas se convierte en una fuente renovable de energía. Lo que durante décadas se consideró energía desperdiciada hoy puede alimentar luminarias, sistemas digitales o pequeños dispositivos electrónicos.

El origen de la idea

Pavegen Systems nació en 2009, fundada por Laurence Kemball-Cook, un diseñador industrial británico que desarrolló el concepto mientras estudiaba en la Universidad de Loughborough, en Inglaterra. Su intención inicial era crear una solución práctica que integrara diseño, tecnología y sostenibilidad, sin alterar la dinámica natural de las ciudades.

El resultado fueron baldosas modulares de aproximadamente 45 por 60 centímetros, diseñadas para resistir el paso continuo de grandes multitudes. Están pensadas para instalarse en lugares de alto flujo peatonal, donde el movimiento constante maximiza su rendimiento energético y justifica su implementación.

Cómo funcionan las baldosas cinéticas

El sistema se basa en principios físicos simples, pero aplicados con ingeniería avanzada. Cada baldosa cuenta con una superficie fabricada principalmente con materiales reciclados —como caucho proveniente de neumáticos— y un mecanismo interno que responde a la presión de la pisada.

Cuando una persona camina sobre ellas, la superficie desciende levemente entre 5 y 10 milímetros. Ese movimiento activa un sistema interno de presión triangular que transfiere la energía mecánica a un generador electromagnético. A través de inducción, ese desplazamiento se transforma en electricidad.

Cada paso puede producir entre 3 y 8 vatios-segundo, una cantidad modesta de forma individual, pero significativa cuando se acumula el tránsito de cientos o miles de personas a lo largo del día. Esa energía puede, por ejemplo, mantener encendida una lámpara LED durante varios segundos o contribuir a la carga de dispositivos electrónicos.

Más que electricidad: ciudades interactivas

El planteamiento de Pavegen no se limita a generar energía de manera aislada. La empresa apuesta por un modelo de infraestructura urbana inteligente, donde las baldosas alimentan sistemas de iluminación, riego, señalización digital y pantallas interactivas, sin depender de la red eléctrica convencional.

La energía producida puede utilizarse en tiempo real o almacenarse en baterías para su uso posterior. Además, la tecnología permite crear experiencias interactivas: baldosas que se iluminan al ser pisadas, emiten sonidos o muestran datos sobre la energía generada, reforzando la conexión entre los ciudadanos y el espacio que habitan.

En desarrollos más recientes, Pavegen incorporó un sistema híbrido llamado Solar+, que combina paneles solares con la tecnología cinética. En condiciones óptimas, esta integración puede multiplicar la producción energética hasta 30 veces, ampliando su viabilidad en entornos urbanos.

Aplicaciones reales alrededor del mundo

Lejos de ser un experimento aislado, la tecnología ya se ha implementado en más de 37 países, con más de un centenar de proyectos en funcionamiento. Uno de los casos más emblemáticos se encuentra en el aeropuerto Zayed de Abu Dabi, donde las baldosas conectan distintas terminales y alimentan pantallas que muestran en tiempo real la energía generada por los pasajeros.

También se han instalado en centros comerciales de gran afluencia en Londres, en espacios públicos de Washington D.C., y en proyectos comunitarios en países como Brasil y Nigeria. En estos últimos, incluso se han colocado en campos de fútbol, donde cada pisada de los jugadores contribuye a encender los reflectores del estadio.

¿Es una solución viable a largo plazo?

Uno de los principales desafíos de esta tecnología sigue siendo el costo. En sus primeras etapas, el precio por metro cuadrado era elevado, lo que limitaba su adopción masiva. Actualmente, cada baldosa ronda los 350 dólares, aunque la empresa proyecta reducir ese costo a futuro hasta cifras mucho más accesibles.

Si bien estas baldosas no resolverán por sí solas la crisis energética global, sí representan una alternativa complementaria relevante, especialmente en ciudades donde el espacio para grandes infraestructuras renovables es limitado. En ese contexto, aprovechar el movimiento cotidiano de las personas podría convertirse en una pieza más del rompecabezas energético urbano.

El verdadero potencial de esta tecnología dependerá de su escalabilidad, reducción de costos y de la voluntad de las ciudades para integrar soluciones sostenibles en su planificación a largo plazo.

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