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martes, 24 de febrero de 2026

  • febrero 24, 2026

 

Un equipo de investigadores de la Universidad de California en Santa Bárbara desarrolló una innovadora molécula capaz de capturar energía solar, almacenarla durante largos periodos y liberarla posteriormente en forma de calor, abriendo la puerta a una nueva generación de sistemas de calefacción sin necesidad de baterías ni conexión a la red eléctrica.

El hallazgo, publicado en la revista Science, se basa en una molécula orgánica llamada pirimidona, cuyo diseño se inspira en la estructura del ADN. Cuando absorbe radiación ultravioleta, la molécula cambia su configuración y queda atrapada en un estado de alta energía que puede mantenerse estable durante años sin degradarse.

La energía queda almacenada en los enlaces químicos del compuesto hasta que se activa su liberación mediante un catalizador. En ese momento, la molécula regresa a su estado original y libera la energía acumulada en forma de calor. Este proceso, además, es completamente reversible, lo que permite reutilizar el mismo material múltiples veces sin perder eficiencia.

Los científicos lograron demostrar el potencial del sistema al generar suficiente calor para hervir agua en condiciones ambientales, un logro significativo debido a la alta cantidad de energía que este proceso requiere. Según los autores del estudio, esta tecnología funciona como una especie de “batería solar molecular”, pero con la ventaja de que el propio material actúa simultáneamente como captador y almacenamiento de energía.

A diferencia de los paneles solares convencionales, que convierten la luz en electricidad y dependen de baterías externas para almacenar la energía, este sistema elimina etapas intermedias, reduciendo pérdidas y aumentando la eficiencia. La pirimidona presenta una densidad energética superior a 1,6 megajoules por kilogramo, casi el doble que una batería de litio tradicional, y puede recargarse repetidamente mediante exposición a la luz solar.

Este avance se suma a otros desarrollos en el campo del almacenamiento molecular de energía solar térmica. Investigadores de la Universitat Politècnica de Catalunya también han creado dispositivos híbridos que combinan células solares con sistemas capaces de capturar y almacenar energía en moléculas reutilizables. Estos materiales, fabricados con elementos abundantes como carbono, hidrógeno, oxígeno, flúor y nitrógeno, no requieren recursos escasos, lo que mejora su viabilidad ambiental y económica.

El desarrollo de estas tecnologías representa un paso clave hacia sistemas energéticos más eficientes y sostenibles, con aplicaciones potenciales en calefacción doméstica, almacenamiento de energía renovable y reducción de la dependencia de combustibles fósiles. Los expertos señalan que este tipo de soluciones podría transformar la forma en que se aprovecha la energía solar, permitiendo almacenar calor durante largos periodos y utilizarlo cuando sea necesario, incluso meses o años después de su captación.

  • febrero 24, 2026

Francia enfrenta uno de los episodios meteorológicos más extremos de su historia reciente, tras acumular 35 días consecutivos de lluvias, el periodo más prolongado desde que existen registros modernos en 1959. La persistencia de las precipitaciones ha provocado desbordamientos de ríos, evacuaciones, interrupciones en el transporte y la activación de planes de emergencia en múltiples regiones.

La agencia meteorológica nacional mantiene alerta roja por inundaciones en varios departamentos del oeste, mientras que otras zonas permanecen en alerta naranja debido a fuertes vientos, oleaje intenso y riesgo de inundaciones costeras. La combinación de tormentas consecutivas y suelos completamente saturados ha impedido que los niveles de los ríos disminuyan, agravando la situación.

Ciudades en emergencia y miles de afectados

El impacto ha sido especialmente severo en distintas localidades. En Burdeos, el aumento del caudal del río Garona obligó a cerrar escuelas, cancelar actividades públicas y habilitar refugios temporales para personas vulnerables. En Angers, el río Maine amenaza con superar niveles históricos, lo que llevó a las autoridades a abrir instalaciones para albergar a residentes en riesgo.

En Saintes, el río Charente alcanzó niveles cercanos a récords históricos, afectando a más de 2.000 viviendas, muchas de ellas completamente inundadas. Mientras tanto, equipos de rescate continúan la búsqueda de personas desaparecidas en zonas afectadas por el desbordamiento de ríos.

Las causas: tormentas persistentes, suelos saturados y cambio climático

Este fenómeno responde a una combinación de factores extremos. Las lluvias continuas, intensificadas por tormentas atlánticas sucesivas, han saturado completamente el suelo, eliminando su capacidad de absorción. Como resultado, el agua fluye directamente hacia los ríos, elevando rápidamente su nivel.

Además, los expertos advierten que el cambio climático está intensificando el ciclo del agua, provocando precipitaciones más frecuentes y severas en Europa. El aumento de las temperaturas favorece una mayor evaporación y acumulación de humedad en la atmósfera, lo que se traduce en lluvias más intensas y prolongadas.

La ubicación de ciudades en zonas fluviales y la fragilidad de algunas infraestructuras también han amplificado el impacto. Incluso el río Sena, en París, se mantiene bajo vigilancia constante ante el riesgo de desbordamiento.

Una señal clara de la nueva realidad climática

El episodio refleja cómo los fenómenos extremos están aumentando en frecuencia e intensidad, obligando a replantear la planificación urbana, la protección de infraestructuras y las estrategias de adaptación climática.

Las autoridades francesas advierten que este tipo de eventos podrían volverse más comunes en el futuro, lo que subraya la urgencia de fortalecer sistemas de prevención, mejorar la gestión del territorio y reducir los riesgos asociados a las inundaciones.

La crisis actual no solo representa una emergencia inmediata, sino también una advertencia sobre los desafíos climáticos que enfrentarán las ciudades en las próximas décadas.

  • febrero 24, 2026

 

Las recientes tormentas invernales que cubrieron de nieve a Nueva York no solo modificaron el paisaje urbano, sino que también impulsaron nuevas dinámicas sociales, recreativas y turísticas en la ciudad. Calles, parques y edificios quedaron envueltos en un manto blanco que devolvió protagonismo a los espacios públicos y reactivó tradiciones invernales que combinan recreación, naturaleza y convivencia urbana.

Las bajas temperaturas y las intensas precipitaciones permitieron una acumulación significativa de nieve en distintos distritos, transformando plazas y áreas verdes en puntos de encuentro para residentes y visitantes. Este fenómeno no solo tuvo un impacto visual, sino que también fortaleció el vínculo entre la ciudadanía y su entorno, promoviendo actividades al aire libre en pleno invierno.

Nevadas históricas y condiciones extremas

De acuerdo con reportes del National Weather Service, varias zonas del estado registraron acumulaciones superiores a los promedios habituales. En regiones como Tug Hill, donde el llamado “efecto lago” intensifica las nevadas debido a la interacción entre masas de aire frío y los Grandes Lagos, los niveles de nieve superan regularmente los 300 centímetros anuales.

La combinación de fuertes vientos y temperaturas bajo cero también generó ventiscas, obligando a reforzar los protocolos de mantenimiento urbano, limpieza de calles y seguridad pública. A pesar de ello, la infraestructura y los servicios esenciales lograron mantenerse operativos, demostrando la capacidad de adaptación de la ciudad ante eventos climáticos extremos.

Parques, cultura y recreación en el corazón de la ciudad

Uno de los escenarios más emblemáticos fue Central Park, que se convirtió en un punto central de recreación invernal. Familias, turistas y deportistas aprovecharon las colinas nevadas para actividades como trineo, caminatas y fotografía.

La histórica pista de hielo Wollman Rink, inaugurada en 1949, volvió a atraer a cientos de visitantes, consolidándose como uno de los símbolos del invierno en la ciudad. Paralelamente, espacios culturales como el American Museum of Natural History reforzaron su programación estacional, ofreciendo alternativas educativas y recreativas durante las jornadas más frías.

Destinos invernales sostenibles más allá del centro urbano

Fuera de Manhattan, destinos como Lake Placid reafirmaron su importancia como centros de turismo invernal. Esta localidad, sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 1932 y 1980, mantiene una amplia oferta de actividades como esquí, senderismo y paseos en lagos congelados.

En la región de Adirondacks, el uso de raquetas de nieve permite recorrer bosques nevados con bajo impacto ambiental, promoviendo un modelo de turismo sostenible vinculado a la conservación de ecosistemas. Asimismo, estaciones como Thunder Ridge Ski Area ofrecen opciones accesibles desde la ciudad, facilitando el acceso al deporte invernal mediante transporte público.

Infraestructura, historia y resiliencia climática

La experiencia acumulada desde eventos históricos como la Gran Tormenta Blanca de 1888, que dejó más de 120 centímetros de nieve, ha permitido fortalecer la infraestructura urbana y mejorar la respuesta ante emergencias climáticas. El desarrollo del sistema de metro subterráneo y los protocolos modernos de monitoreo meteorológico forman parte de estas estrategias de adaptación.

Hoy, estas tormentas no solo representan un desafío climático, sino también una oportunidad para redefinir la relación entre la ciudad, el clima y sus habitantes. La nieve ha revitalizado el turismo invernal y ha demostrado que, incluso frente a fenómenos extremos, las ciudades pueden adaptarse y transformar el desafío climático en una oportunidad para fortalecer su resiliencia y sostenibilidad.

jueves, 19 de febrero de 2026

  • febrero 19, 2026

 

Una transformación sin precedentes está ocurriendo en el Océano Atlántico y podría tener consecuencias profundas para el clima global. Investigaciones recientes detectaron una disminución cercana al 30% en la salinidad de una de las zonas tradicionalmente más salinas del Atlántico Norte, un cambio que no tiene precedentes en los registros científicos modernos y que ha encendido alertas entre oceanógrafos y climatólogos.

Este fenómeno está directamente relacionado con el acelerado derretimiento de glaciares y el incremento de lluvias en regiones cercanas al Ártico, lo que introduce grandes cantidades de agua dulce en el océano. Esta alteración química amenaza con debilitar la Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico (AMOC), un sistema oceánico esencial que transporta calor alrededor del planeta y del cual forma parte la Corriente del Golfo.

La estabilidad de este mecanismo depende del equilibrio entre temperatura y salinidad, conocido como circulación termohalina. Normalmente, el agua fría y salada del Atlántico Norte se hunde debido a su mayor densidad, permitiendo que corrientes cálidas asciendan desde los trópicos hacia el norte. Este proceso es clave para mantener temperaturas moderadas en regiones como Europa Occidental, que de otro modo tendrían climas mucho más fríos.

Sin embargo, la reducción de la salinidad altera este delicado balance. El agua menos salada es menos densa y permanece en la superficie, dificultando su hundimiento y debilitando el sistema de circulación. Los científicos advierten que esta situación podría representar un “punto de inflexión”, lo que significa que el sistema podría acercarse a un colapso antes de lo previsto por los modelos climáticos anteriores.

Las consecuencias potenciales serían graves y generalizadas. Europa podría experimentar descensos de temperatura de hasta 10 °C en pocas décadas, mientras que el hemisferio sur retendría más calor, intensificando fenómenos extremos como sequías y lluvias torrenciales. Estos cambios tendrían efectos directos sobre la agricultura, los ecosistemas y la seguridad alimentaria mundial.

El impacto también se extendería al aumento del nivel del mar. En la costa este de Estados Unidos, ciudades como Nueva York, Boston y Miami enfrentarían un mayor riesgo de inundaciones debido a la acumulación de agua causada por la alteración de las corrientes oceánicas y el calentamiento del océano.

Este debilitamiento se produce en un contexto de temperaturas globales récord y pérdida acelerada de hielo polar, señales de un sistema climático bajo presión creciente. Los expertos advierten que, si la circulación oceánica supera un umbral crítico, no existe tecnología capaz de restaurarla.

Ante este escenario, la comunidad científica subraya la urgencia de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y fortalecer el monitoreo oceánico, ya que la estabilidad de esta circulación es fundamental para el equilibrio climático de todo el planeta.

  • febrero 19, 2026

 

Un virus altamente mortal está avanzando en uno de los ecosistemas más aislados y frágiles del mundo. La gripe aviar H5N1, detectada por primera vez en la Antártida en 2024, ya se ha propagado a lo largo de casi 1.000 kilómetros de la costa occidental, afectando a múltiples especies nativas.

Expediciones científicas recientes confirmaron contagios en aves marinas y mamíferos, incluyendo pingüinos, cormoranes, gaviotas y lobos marinos. Sin embargo, los expertos advierten que el número real de animales afectados podría ser mucho mayor, debido a las dificultades para monitorear zonas remotas bajo condiciones extremas.

El virus es especialmente peligroso porque puede provocar la muerte de la mayoría de las aves infectadas en cuestión de días. Esto representa una amenaza directa para especies con poblaciones reducidas, cuya pérdida tendría consecuencias irreversibles para el equilibrio ecológico de la región.

La situación forma parte de una crisis más amplia: desde 2021, esta cepa ha afectado a millones de animales en distintos continentes e incluso ha comenzado a transmitirse a mamíferos. Los científicos alertan que, aunque los contagios en humanos siguen siendo poco frecuentes, la alta tasa de mortalidad y el potencial de mutación mantienen la preocupación global.

Especialistas subrayan que la expansión del virus en la Antártida no solo pone en peligro a especies emblemáticas, sino que también evidencia la vulnerabilidad de los ecosistemas frente a enfermedades emergentes, reforzando la urgencia de vigilancia científica y cooperación internacional para contener su avance.

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