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Metales tóxicos detectados en cultivos tras desastre minero en Brasil: casi una década después, la contaminación sigue amenazando la salud
El colapso de la represa de Fundão, ocurrido en 2015 en Mariana, estado de Minas Gerais, continúa generando consecuencias ambientales y sanitarias casi diez años después. El desastre liberó más de 40 millones de metros cúbicos de residuos mineros al río Doce, contaminando cientos de kilómetros de ecosistemas y afectando gravemente a comunidades en Minas Gerais y Espírito Santo.
Ahora, un nuevo estudio científico ha confirmado que esta contaminación sigue presente en la cadena alimentaria. Investigadores de la Universidad de São Paulo (USP), la Universidad Federal de Espírito Santo (UFES) y la Universidad de Santiago de Compostela analizaron entre 2019 y 2024 la presencia de elementos potencialmente tóxicos en cultivos agrícolas cercanos al estuario del río Doce, en el municipio de Linhares.
El análisis identificó la transferencia de metales como cadmio, cromo, cobre, níquel y plomo desde los suelos contaminados hacia las partes comestibles de cultivos como banana, yuca y cacao.
Los resultados revelaron que la banana y la yuca acumulan mayores concentraciones de contaminantes en sus raíces y tejidos comestibles, mientras que el cacao presentó niveles elevados de cobre y plomo tanto en hojas como en frutos, superando en algunos casos los límites establecidos por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Uno de los hallazgos más preocupantes fue la presencia de plomo y cadmio en bananas en concentraciones que representan un riesgo potencial para la salud infantil. El índice total de riesgo (TRI), utilizado para evaluar el impacto en la salud humana, se mantuvo dentro de parámetros aceptables en adultos, pero superó los niveles de seguridad en niños menores de seis años, principalmente debido a la exposición al plomo.
Este metal es especialmente peligroso, ya que incluso en pequeñas cantidades puede provocar daños neurológicos irreversibles, afectar el desarrollo cognitivo y reducir el coeficiente intelectual. El cadmio, por su parte, está asociado con daños renales y deterioro óseo cuando la exposición ocurre de forma prolongada.
Aunque los científicos aclaran que los niveles detectados no representan un riesgo inmediato, advierten que la persistencia de estos metales en el ambiente es motivo de preocupación, debido a su capacidad de permanecer durante décadas en el suelo y acumularse progresivamente en el organismo humano a través del consumo de alimentos contaminados.
El impacto del desastre va más allá de la salud. La liberación de residuos mineros devastó más de 650 kilómetros del curso del río Doce, destruyendo ecosistemas y afectando gravemente la economía de miles de familias que dependían de la pesca y la agricultura.
Además, la contaminación ha provocado una crisis social en comunidades rurales, indígenas y ribereñas, muchas de las cuales se vieron obligadas a abandonar sus fuentes tradicionales de agua o modificar sus prácticas agrícolas. La pérdida de confianza en los productos locales también ha perjudicado a pequeños productores, reduciendo sus ingresos y afectando su estabilidad económica.
Como respuesta, la Fundación Renova, creada por las empresas mineras responsables junto con el gobierno brasileño, ha implementado programas de compensación y restauración ambiental, aunque diversas comunidades han denunciado retrasos y falta de soluciones efectivas.
Las autoridades ambientales también han revisado los protocolos de supervisión de represas mineras, pero persisten preocupaciones, ya que más del 60 % de estas estructuras aún no cuenta con planes de emergencia accesibles al público.
Paralelamente, universidades, gobiernos locales y organismos científicos trabajan en estrategias como la fitorremediación y la rotación de cultivos para reducir la contaminación del suelo, mientras que nuevos proyectos buscan identificar zonas seguras para la producción agrícola.
Los investigadores subrayan que estos hallazgos evidencian la necesidad urgente de integrar el conocimiento científico en las políticas públicas y reforzar el monitoreo de contaminantes en alimentos, especialmente aquellos destinados al consumo infantil.
A casi una década del desastre, el caso del río Doce demuestra que los efectos de la contaminación minera pueden persistir durante generaciones, representando un desafío ambiental, sanitario y social que aún está lejos de resolverse.
