La Patagonia Norte enfrenta una de las crisis ambientales más graves de las últimas décadas. Un reciente informe del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) advierte que la región arrastra un déficit hídrico sostenido desde hace aproximadamente 15 años, con una caída de entre el 30 % y el 40 % en las precipitaciones registradas en las zonas de alta montaña.
El estudio revela que esta sequía prolongada se agravó durante el último invierno, cuando prácticamente no hubo acumulación de nieve en las cumbres. Esta falta de nieve compromete la recarga natural de ríos y napas subterráneas, afectando directamente a las cuencas Limay y Neuquén, claves tanto para el abastecimiento de agua como para la generación de energía eléctrica en el país.
Según especialistas del INTA, el cambio climático es el principal factor detrás de este escenario. Los patrones históricos de precipitaciones se alteraron de forma drástica, provocando que lo que antes se consideraba “normal” ya no lo sea. A esto se suman actividades humanas que intensifican el calentamiento global y la emisión de gases de efecto invernadero.
Otro punto de alerta es la aparición de lluvias cada vez más intensas pero concentradas en cortos períodos de tiempo. Aunque parezcan abundantes, estas precipitaciones no logran infiltrarse en el suelo, generando escorrentías rápidas, inundaciones repentinas y una pérdida de agua que no contribuye a aliviar la sequía.
Las consecuencias ya se sienten en toda la región: menor disponibilidad de agua, estrés sobre los ecosistemas, riesgos para la producción agropecuaria y una creciente vulnerabilidad frente a eventos climáticos extremos. Los expertos advierten que, si esta tendencia se mantiene, la situación podría empeorar en los próximos años.
Frente a este panorama, el INTA continúa monitoreando las cuencas y llama a prestar atención urgente a una crisis que dejó de ser coyuntural. La sequía en la Patagonia ya no es un episodio aislado, sino una señal clara de un cambio profundo en el clima de la región.
