Carolina Guzmán, agrobióloga mexicana con más de dos décadas dedicadas a la conservación ambiental, se convirtió en el rostro de una realidad tan urgente como peligrosa: la defensa del territorio en un país marcado por la violencia contra activistas ambientales.
Desde las montañas de la Sierra Madre de Chiapas, Guzmán ha trabajado como guardabosque, defensora ambiental y asesora rural, acompañando a comunidades en la protección de sus recursos naturales. Su experiencia fue clave para dar vida a La reserva, la ópera prima del director Pablo Pérez Lombardini, una película que retrata las amenazas, el aislamiento y los riesgos que enfrentan quienes protegen los ecosistemas.
El proyecto nació tras el impacto que causaron en el director los incendios del Amazonas y los datos alarmantes sobre asesinatos de defensores ambientales en México, uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer esta labor. La historia se desarrolla en una comunidad cafetalera de Chiapas y sigue a una guardabosque que decide enfrentar sola la tala ilegal, aun cuando el miedo y el silencio dominan a su entorno.
Guzmán llegó al filme como guía de campo, pero su convicción, valentía y conocimiento del territorio convencieron al director de que ella debía protagonizar la historia. Sin experiencia previa en actuación, asumió el reto con plena conciencia de la responsabilidad que implicaba representar una lucha real.
La reserva, ganadora de los principales premios en el Festival Internacional de Cine de Morelia, no solo visibiliza la crisis de violencia ambiental en México y América Latina, sino que también construye un retrato íntimo de la resistencia, el cuidado colectivo y la fuerza de quienes se niegan a abandonar el territorio.
La historia de Carolina Guzmán recuerda que defender la naturaleza no es un acto simbólico: es una tarea constante, compleja y, muchas veces, peligrosa. Pero también es una lucha indispensable para proteger la biodiversidad y el futuro de las comunidades.
